Abrí los ojos lentamente, un tremendo dolor de cabeza digno de un día de resaca aturdía mis sentidos. Sin moverme ni un centímetro observe a mi alrededor con los ojos entreabiertos, no conseguía distinguir nada, estaba totalmente oscuro y la calima casi cubría mi cuerpo tendido, únicamente el reflejo de la luna contorneaba la silueta de lo que parecía vegetación, hubiera apostado que eran cactus si el miedo no me hubiera mantenido cautivo en ese momento.
Conseguí recuperarme del aturdimiento y poco a poco me puse en pié, mis manos se perdían entre la bruma cuando las apoyaba en el suelo, realmente era aterrador no saber lo que estaba tocando. Me quedé erguido sin dar un paso, utilizando los cinco sentidos para descubrir donde estaba, y como había ido a parar a un lugar así. Me dispuse a analizar el entorno.
El cielo estaba totalmente estrellado, las nubes reposaban serenas, finas y alargadas como el humo que sale de una chimenea, se perdían a lo largo de un cielo infinito, tapando tímidamente la luna llena. Hacia tiempo que no veía tantas estrellas, me recordó cuando veraneaba en el pueblo, cosa que me llevó a sospechar que me encontraba seguramente lejos de la ciudad.
La niebla se extendía por lo que parecía un páramo de aspecto desértico, como un tétrico velo blanquizo, hacia frío y me rodeaban sonidos estremecedores, no conseguí averiguar fácilmente que criaturas del Señor podían hacer tales sonidos tan aterradores.
Una fauna extraña, difícil de describir, el croar de las ranas se oía por doquier, unas veces más cerca, otras en la lejanía, pero siempre estaba allí, sin parar, marcaba el ritmo de aquella mortuosa melodía. Lo normal era que cada poco tiempo se oyera croscitar a lo que parecían cuervos, lo hacían de forma sorda y silbaba una misteriosa brisa que tildaba el tétrico canto de aquellos pájaros del infierno. Los demás sonidos eran nuevos para mi, crujidos de todo tipo a mi alrededor.
No me atrevía a dar un paso, no sabía a donde dirigirme, a cualquier horizonte donde miraba no dejaba de ver formas más oscuras que la propia noche, indescriptibles, unas mas grandes que otras y con formas desproporcionadas, quizás fuesen piedras o arbustos, quien sabe.
Me palpe por todo el cuerpo para reconocer mi ropa y los objetos que llevaba en mi recuerdo más cercano, iba calzado, unos pantalones vaqueros y una camiseta beige, bastante sucia, aproveche para sacudirla. La cartera seguía en el bolsillo trasero de mi pantalón y mi reloj en la muñeca izquierda, no sé porque me lo temía pero no funcionaba, quedó parado marcando las 6:59 de la madrugada de cualquier día.
Entendí que no conseguiría mucho quedándome allí parado en el mismo lugar superado por los acontecimientos, me dispuse a moverme, no había mucho por donde elegir, así que, me dirigí por donde señalaba mi ultimo vistazo.
Mis pasos desmoronaban la tranquilidad con la que reposaba la niebla en el suelo, anduve cuidadosamente hasta llegar a un pedrusco inmenso y frío, quede apoyado con las palmas de mis manos volviendo a ojear el entorno, girando mi cabeza de un lado a otro.
Conseguí distinguir en la oscuridad lo que parecía un sendero arropado por vegetación y mas rocas, medianas y grandes, en sendos lados. Me atreví desconfiado a seguirlo, no tenía muchas opciones, por lo tanto, me adentré.
Grillos y más sonidos variopintos acompañaban mi paseo, la anchura del sendero no parecía variar pero si descendía y curvaba hacia arriba constantemente. En algunos tramos hundidos la bruma tapaba mis piernas, como si me estuviese metiendo en un baño de espuma. Tras mucho caminar y dar fe de que el sendero podría ser infinito y que no iba a conseguir averiguar mucho, me plantee seguir durante el día, así que, busqué un sitio cómodo donde dar una cabezada, una piedra con superficie aplanada que encontré a no más de cinco pasos fue buena candidata. Me costó bastante coger el sueño, cada vez que cerraba los ojos los volvía a abrir inmediatamente con cualquier sonido inesperado, pero caí exhausto por el cumulo de impresiones en tan poco tiempo y dormí.
Tomás, Tomás, despierta Tom, – me sacudía mi madre mientras me llamaba – , vas a llegar tarde, despierta. Cuando me iba a volver para responderle, empecé lentamente a abrir los ojos mientras una fuerte luz me cegaba, fui acostumbrándome al resplandor poco a poco, pero cuando menos me lo esperaba, pegué un sobresalto impulsándome con los brazos hacia atrás
- ! Quien eres tú ¡ – grité
- Tranquilo chico, me respondió un hombre de unos sesenta años, rechoncho, pelo cano, barbas blancas de 1 semana, ropa sucia, como sus manos, con acento latinoamericano. En sus pies, un canasto grande, en su cintura llevaba amarrado un cinturón con bolsas de esparto que poseían algo y colgaban.
- Quien eres tú, pregunté más tranquilo
- Me llamo Pedro, trabajo con gente de la aldea en este páramo, recogemos alimentos y hierbas todos los días, es nuestra faena, me respondió el viejo
- Donde estoy, qué es esto, pregunté desconcertado, mirando de lado a lado,
- Estas en el Nevado de Santa Isabel -
- ¿Nevado de Santa Isabel, y donde se supone que está? – pregunté confuso,
- Colombia -, contestó firmemente el anciano dejándome fuera de lugar, quedé perplejo parpadeando lentamente sin saber donde mirar, no me hubiera sorprendido tanto si no fuera porque soy de Sevilla, España y aquel lugar quedaba fuera del alcance de mi imaginación. Permanecí sentado intentando digerir con trabajo las ultimas frases que oí, me entraron ganas de llorar y gritar, no existían palabras justas para lograr describir lo que yo pude llegar a sentir en aquel momento.
Dos días después, me despierto de madrugada para acompañar a Pedro y la gente del poblado a su jornada diaria en el páramo. Caminamos juntos durante unos treinta minutos hacia el lugar de trabajo, mientras tanto, charlábamos entre nosotros, aproveche para preguntar a Pedro, si tenía alguna idea de como pude acabar en el páramo. Pedro me respondió con voz turbia y cabizbajo:
- No, no tengo ni idea, amigo.
Su respuesta me dejó confuso, no sabía que pensar, si me respondió así porque era su forma de ser y yo aun no la conocía bien, o más bien me respondió así porque me estaba mintiendo, giré la cabeza hacia el frente y continué caminando en silencio. Llegamos a nuestro destino, el grupo se dispersó por todo el páramo, yo me quedé acompañando a Pedro y observando como trabajaba, mientras él se agachaba una y otra vez cortando hierbas y ramas con su machete, yo me distraía mirando a mi alrededor, intentando reconocer el lugar donde tuvo mi primera experiencia en aquel desértico escenario. La vista se perdía en el horizonte, cada minuto que pasaba allí más me costaba entender como pude acabar en ese lugar, prácticamente era imposible. Al acabar la jornada, nos volvimos a casa, Pedro guardo los ramajos y hierbas en el almacén que tenia junto a su casa y luego nos dirigimos a cenar. Su esposa, María, preparó aquella noche carne de caza al horno, durante la cena, dominada por el silencio y la sensación del que oculta algo, me limité a comer sin decir nada. Felicité a la cocinera por la exquisitez de la comida con la intención de romper aquella incomoda situación, pero ella sonrío levemente y continuo comiendo, yo también. Me fui a mi habitación minutos más tarde, tumbado en la cama mirando al techo pensé una vez más lo sucedido, pero sin encontrar respuestas, el sueño pudo conmigo y dormí.
Alguien aporreando la puerta en la fría madrugada me desveló, parecía impaciente, sentí los pasos de Pedro recorriendo la casa hasta llegar a la puerta, la abrió y saludó asustado. Comenzaron a discutir en voz baja, me entró la curiosidad y coloque la oreja en mi puerta, no conseguí entender nada de su conversación hasta que el invitado pronunció mi nombre y comenzaron a caminar por la casa. Los pasos eran cada vez más cercanos, cuando la escalera que llevaba a la segunda planta crujía con cada paso, me apresuré a mi cama y me hice el dormido, dejaron de caminar justo detrás de mi puerta, el silencio me inquietaba mientras miraba hacia ella con un ojo entreabierto. Mi corazón latía dentro de un puño. Una mano giró el pomo lentamente intentando evitar el ruido, abrió una cuarta y volvió a girar el pomo suavemente hacia el otro sentido, la puerta continuo abriéndose dejando ver la oscuridad del pasillo exterior.
Reconocí la voz de Pedro que se ocultaba intimidado en la oscuridad, intentaba convencer al invitado de que no hiciera algo, no dijo el qué, pero pronto lo averiguaría por mí mismo. El invitado caminaba hacia mí lentamente con algún objeto en su mano, me mantuve quieto templando los nervios, se detuvo a un lado de la cama junto a mi cabeza, quedándose paralizado, observándome fríamente y cuando menos me lo esperaba, tapó mi boca con un trapo húmedo, forcejee e intenté gritar para impedirlo, pero el intento resultó en balde.
¡ Vamos despierta inútil ! – escuchaba en la lejanía de mi mente. Levanté mis párpados que pesaban como plomos. Una luz fuerte alumbraba mi cara y me dificultaba ver a mi raptor, que hablaba consigo mismo como un loco, rodeando nerviosamente la camilla donde yo permanecía amarrado de brazos y piernas.
- Qué quieres de mi, pregunté adormilado aun por la droga.
- ¿Como qué quiero de ti?, ! como si no lo supieras ¡, ¡ todos lo saben !
- ¿ Todos ?, a quien te refieres.
- ¿ Eres idiota o qué ?, ¡ pues todos !, mira a tu alrededor y deja de preguntar estupideces.
Giré la cabeza lentamente y no cupe en mi asombro, quedé sin habla observando a mi alrededor incontables cámaras de cristal empañado que contenían personas jóvenes, todos hombres, flotando en líquido rosado, me fue imposible distinguir sus rostros cuando el miedo y la agonía de saber lo que me ocurriría se apodero de mí. Intenté patalear y tirar de los amarres que me apresaban pero fue en vano. Mi raptor reía como un loco viéndome forcejear a la par que cargaba de alguna droga una jeringuilla que posteriormente me hundió en el cuello y caí rendido.
Son las doce de la mañana, mi despertador sonó a esa hora como cada fin de semana, pero esta vez la diferencia es que, me desperté en mi hogar, a miles de kilómetros de donde lo hice el día anterior. Me desperté confuso y asustado como el que tiene una horrible pesadilla, permanecí sentado en la cama bastante tiempo, sudando, con la respiración acelerada y con una angustia difícil de describir. Me estaba volviendo loco, no entendía de ninguna manera que me despertara en mi cama, con la misma ropa, después de lo que había pasado y sufrido en aquel poblado de mala muerte durante tantos días. Me apresuré al baño con insoportables nauseas y para mi asombro , vomité liquido rosado que me resultó muy familiar. Anduve dudoso de una punta a otra de la casa, sin dar crédito a lo que estaba ocurriendo, sin saber lo que hacer, lo primero que se me ocurrió fue llamar a alguien. Descolgué el teléfono y llamé al primer amigo que se me vino a la cabeza y que más tiempo pasaba conmigo, esperaba escucharlo detrás de algún tono y que me ayudara a volver a mi cordura:
- ¿ Muriel ?, pregunté como el que ya no se fía de nada.
- ¡ Ey tío ¡, ¿ qué pasa ?, donde te metiste anoche te estuvimos buscando tío, fuiste al baño y no volvimos a saber de ti, ¿ te largaste con alguna chica no, cabrón ?
Me quedé enmudecido y comenzó a caer sudores fríos de mi frente y sentirme mal.
- David, ¿ estas ahí tío ?, ¿David?
- Si, si… estoy aquí Muriel, respondí como el que acaba de bajar de una nube.
- Te noto raro, ¿ mucha resaca ?
- Muriel, necesito preguntarte algo, ¿ cuando fue la ultima vez que me viste ?
- Ja, ja, ¡ tío !, no se qué te metiste anoche pero no quiero probarlo, ¿ qué dices tío ?, estuvimos anoche de fiesta, ¿ qué te pasa , quieres que vaya a verte a tu casa ?, ja, ja, tú no estás bien tío …
Colgué el teléfono dejando a Muriel con la palabra en la boca, por muchas vueltas que le diera era imposible que hubiera sido una pesadilla, quizás el liquido rosa hubiese sido algo que tomé el día anterior en aquella fiesta, pero, ¿ y la ropa ? Dudaba tanto que ya no sabia como iba vestido el día anterior.
Me preparé un baño caliente, le di vueltas y más vueltas a lo sucedido, pero no conseguía llegar a ninguna conclusión, no había ninguna explicación razonable, únicamente que hubiera sido una pesadilla, o que yo estuviera loco.
Encerrado en mi casa, paranoico, tuve que poner todo mi empeño para superar lo que quiera que me hubiera ocurrido y proseguir con mi vida normal, tan difícil era de creer lo que me estaba ocurriendo, como si la gente me dijera que el cielo esta gris, y yo lo viese azul.
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